Soñaba

PuertaSoñaba contigo, ¿sabes? Durante años estuve esperándote. No tengo claro lo que esperaba, sólo sé que ansiaba sentir una caricia en el alma como la que tú me has dado. Afecto, comprensión, amistad… Son cosas que no he tenido por costumbre. Ahora entiendo cómo la felicidad se abre camino en los corazones de tantos desgraciados que pueblan este mundo. Gracias a tí he descubierto que la vida no es sólo desesperanza, que también existen banalidades dignas de atención. Esas pequeñas cosas que alejan del alma los terribles demonios de la soledad. Puede que no dure mucho esa ausencia, pero es la ocasión de sentir con el corazón la belleza que rodea cada amanecer.

Confieso que desearía acariciar tu cuerpo, inundar tu rostro de lágrimas, estremecerme entre tus brazos… No imaginas como ansío poder besarte con tiernos besos nacidos del alma, olvidar que el mundo gira y entregarme a la calidez de tus brazos. Morir si es preciso aferrado a los jirones de tu corazón destrozado.

Absurdamente cavilo, y discurro mil formas de llamar a tu puerta para pedirte un minuto de afecto. Pienso vuelos infinitos cruzando océanos embravecidos; coléricos ante la insolencia de obviarlos y tenerlos como gotas de una lluvia pasajera. Imagino abrazos cargados de añoranza, con lágrimas en los ojos y narices enrojecidas por el llanto.

He surcado mares ignotos, volado sobre países extraños en los que la magia lanzaba al viento haces multicolores de esperanza hecha luz. He luchado contra criaturas obscenas que antes fueron odio, rencor y apatía. Al final me detuve ante tu puerta, mil veces engrandecida por mis ojos, mas no había llamador. Nunca lo hubo.

Te marchaste de allí antes incluso de que yo emprendiera semejante travesía. Sólo un papel clavado en el quicio de la puerta indica que alguna vez pasó alguien por allí. Es tu letra, tu llanto de despedida, tu amor hecho palabras:

“No llores amor mío, sé que ahora tu alma clama venganza a los cielos, mas no desesperes. Hallarás en los brazos de otra lo que tanto tiempo tuve miedo de entregarte. Sí, lo sabía. Siempre supe tu amor por mí pero temí demasiado perder lo que tenía apostándolo todo a una sola jugada. Lo siento, amor, sólo al final he comprendido que no ha de ganar quien no juega, que el amor es para los osados. Sé que podrás perdonarme, porque me amas y porque, como tú querías, ya siempre estaré contigo”.

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