Ahora que

Ahora

Ahora que Audrey no me mira y la música de Chet ya no me acuna, no siento nada. Nada queda en mi corazón que pueda sentir, porque no son tus manos las que acarician el blanco y el negro de este piano huérfano. Las teclas se deshacen y se convierten en polvo de alas de mariposa; mariposas que huyen de mi lado y vuelan donde no puedo alcanzarlas. Las cuerdas que golpeaban esos macillos y que me mantenían atado a ti se desafinan como las de aquella guitarra que me olvidé de tocar.

Nada parece rimar y cada verso es más disonante que el anterior. Nadie me contó cómo abrazarte sin quemarme la piel y aún no he descubierto el secreto para dormir cuando no estás, cuando la ausencia no es nostalgia, cuando no huele a sal. Nadie me acompaña por las mañanas, cuando el amanecer se apresura a desterrar las sombras del mundo y las encierra en mis ojos; cuando salgo a buscarte en cada gota de rocío. Pero no saben a ti, nunca me dejaste probar el sabor de tus lágrimas y ahora no sé encontrarte.

El arcoíris se pierde en el horizonte junto a la línea que forma el mar con el cielo, tal vez puedas verlo también. Tal vez, un día, podamos mirar el mismo cielo, las mismas estrellas, la misma playa… Tal vez las mariposas negras vuelen sin polvo de hadas y sepan encontrar el camino hasta ti. Tal vez la tinta con la que las pinté no se derrame en las alas que las lleven. Tal vez caigan de tus manos, como una lluvia de verano, justo a tus pies.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *