Julien

Sophie

Aún recuerdo las palabras que le dije a mi padre el primer día de quinto curso: “los amigos son como las gafas, te hacen parecer inteligente pero se rayan con facilidad. Afortunadamente, uno encuentra gafas que molan. Yo tengo a Sophie”. Mi padre se preocupaba mucho por mí. Pero hace ya mucho tiempo desde aquel día. Crecimos.

—¿Sabes?, algún día recibirás una sorpresa.
—Seguro, me encantaría que me dieras una sorpresa. Y también un día dejaré de llorar a escondidas.
—¿Por qué lloras?
—Por ti.
—¿Por qué?
—¿Por qué?, porque sufres, porque no puedo ver tus ojos, porque te echo de menos, porque sé que te hago daño, porque tocas una parte de mí que creía muerta, porque haces que merezca la pena…

Eso fue hace años, pero hoy termina el plazo. Con la precisión de un metrónomo, el tiempo ha ido pasando y hoy amanecía un día gris lleno de ilusión y de esperanza. Pero este café sabe a podrido, este banco está húmedo y en el parque aún no es otoño. Nunca había pensado en nuestro futuro, supongo que me conformaba con el presente. Supongo que nos veía seguir así durante años. ¡Qué tonto! Pero todo se acaba y aquel era el momento de correr detrás del autobús gritándole que se bajara, que la amaba. Porque era verdad. Porque quería decirle que, cuando la veo, siento latir mi corazón. Y, entonces, vino lo peor: nada.

—¿Estás con alguien?
—¿A qué viene esa pregunta?
—¡Venga! ¿Hay alguien en tu vida, estás enamorada?
—¿Qué más te da?
—Sólo es un intercambio dialéctico sobre el estado de tu corazón.
—No hay nadie en mi cama que no pueda cambiar con las sábanas, si es lo que quieres saber.
—Vete al infierno.
—Yo voy si me acompañas. Nunca nos separaremos.
—Jamás.
—¿Sabes?, un día va a ser para nosotros dos.
—No me abandones, ¿capaz o incapaz?

He equivocado mi vida como los protagonistas de las tragedias de Jean Racine, Hermione en versión masculina. ¿Dónde estoy? ¿Qué he hecho? ¿Qué debo hacer ahora? ¿Qué arrebato me arrastra? ¿Qué dolor me atenaza? Sólo queda una cajita llena de cenizas. La ciudad ha cambiado, la muerte también… Creía que no la necesitaba, que podía vivir sin ella. Y ahora recuerdo todos los besos que no nos dimos a lo largo de los años. Pero sé que, dentro de nuestros corazones, el amor se abrió camino y sintió aquellos besos ausentes tan reales como la soledad que ahora nos envuelve.

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