En la orilla

“A veces, el viento nos transporta a puertos lejanos en los que cruzar a la otra orilla es como atesorar las hojas de los árboles en otoño. Su color es hermoso pero efímero. Y el viento las ha de alejar como aquella orilla se alejaba de mí. Como aquel viento me alejaba de ti”.

“Tú eras efímero, como el sol en invierno, como las estrellas, siempre eras así, siempre fuiste así. Las orillas muestran la realidad tal y como es. Tú allí. Yo aquí. Alejada de ti, de todo lo que un día creí tener. El viento me recuerda quien fui, quienes éramos cuando estábamos juntos. El otro día creí verte entre el barullo de la gente, pero no eras sino una sombra más. Esta es la realidad, tu allí, yo aquí”.

Ray (Hoy I)

Las tres, ya son las tres de un jueves. De tantos que han pasado desde que te fuiste. Desde que Melancolía se instaló en casa no puedo dormir, ni si quiera cocinar. Me paso los días del muelle al café de Ben, de donde salgo a estas horas, las tres de la mañana, de un jueves cualquiera. Dentro de cuatro horas sonará el despertador. Que suene, lo necesito. Necesito descansar, el tabaco acumulado en mis pulmones a lo largo de toda una vida no perdona. Lo tengo calculado, siempre me siento en el mismo banco, mirando al mar, justo detrás el cine de verano que pronto demolerán para construir. Son las tres de la mañana, se escucha como rebobinan la película de esa noche. El cine, dónde besé por primera vez, donde mi espalda aprendió a sufrir con esas sillas de hierro tan incómodas que había allí. Aunque lo derrumben, los recuerdos no los pueden derrumbar, mis recuerdos no los pueden derrumbar. Salgo de mi embobamiento, alguien me toca el hombro a las tres, las tres de la mañana de aquel jueves.

—Perdone, me he desorientado un poco, ¿puede decirme donde se coge el ferry para la otra orilla?

—Aquí no hay ferrys preciosa, solo una vieja canoa que va dando bandazos de una orilla a otra.

—Eso me servirá, donde puedo encontrarla.

—Aquí mismo, en el muelle, por aquella parte —le indiqué con el dedo índice.

—Vale, muchas gracias señor —vi como se alejaba tiritando a sentarse en el banco más próximo a la parada de la canoa, entonces me levanté con dificultad y me acerqué a ella.

—La próxima canoa no zarpa hasta las ocho.

—Ehm… Vale, gracias, pero no tengo dónde ir, venía de visita y perdí el último ferry… Eh… canoa.

La miré por dos segundos, morena, ojos grises, no tendría más de veinticinco años, no la podía dejar allí, otra vez esa parte de mí que yo intentaba ocultar bajo alcohol y agua de mar florecía.

—Puedes subir a mi casa si quieres, está ahí mismo.

—No.

—Vale, pues hasta las ocho, señorita.

Hacía mucho tiempo que no me encontraba con nadie tan decidido, pero ella era joven y no soportaría el frío del mar en las horas altas de la madrugada, ni tres segundos tardó.

—Me quedaré, pero que sepa que tengo el número de la policía en marcación rápida.

—Bien, bien, así estaremos seguros de cualquier loco que quiera entrar en casa.

Le había dicho a una mujer que entrara en mi casa, «maldito loco, ¿qué haces? ¿Acaso recuerdas como se trata a una mujer?»

La respuesta, desgraciadamente, era no.

Ray (Ayer I)

La lluvia terminó de despertarme, la notaba corriendo por mi rostro borrando los restos del llanto. Layla se había ido.

Recordaba la noche anterior, la discusión, los gritos, el banco y la botella de bourbon. Y el frío. Octubre no es un mes agradable para pasar la noche junto al puerto de Mournfulville. El Susquehanna envuelve la ciudad en una tétrica niebla que lo impregna todo y te cala hasta los huesos.

—Buenos días, Raymond—. Era Bill, uno de los estibadores del puerto.

—Hola Bill, ¿no es muy temprano para bajar al muelle? —le pregunté.

—Eso mismo te iba a decir yo —eran las seis de la mañana—, es muy tarde para que estés bebiendo al raso. O demasiado temprano, según se mire. ¿Has vuelto a discutir con Layla?

La mirada de Bill era reprochadora, sabía la respuesta antes de hacer la pregunta. Las últimas semanas habíamos discutido con frecuencia y Bill vivía justo debajo de mi casa.

—Se ha ido —fue lo único que conseguí articular con la garganta en carne viva del alcohol, el tabaco y el frío.

—Era de esperar. No sé cómo te ha aguantado tanto.

—Ya. Pero sé que volverá, está enamorada de mí.

—Yo no estaría tan seguro —respondió con la mirada perdida en la otra orilla del río—. Anda, vete a casa. Das asco. Aséate, descansa y recuerda que el señor McDillan te espera en su oficina a las dos.

John McDillan era el dueño del cine de verano. Y me había contratado para instalar el nuevo proyector. Tenía que estar listo antes del fin de semana, y hoy era jueves… O viernes, eso no era capaz de recordarlo.

—Hasta luego Bill, nos vemos esta noche en el bar de Jessie.

—Ya veremos —contestó mientras se alejaba por el muelle camino de las oficinas del puerto.

Layla (Ayer II)

Un día más. Hoy se cumplen dos semanas desde que me fui. Cuántas ganas de volver tengo, de volver a verte, de estar contigo, de aguantar tus borracheras a la luz de la luna. Pero no podía seguir siendo la sombra del amor que un día tuvimos, es demasiado difícil de soportar. Demasiado difícil intentar reavivar lo que ya lleva muerto mucho tiempo.

Mi vida estaba contigo allí, no aquí, en esta ciudad tan fea, tan frenética. Te necesito, pero tú no parecías darte cuenta, ¿por qué nunca me mirabas a los ojos cuando te decía que te quería? ¿Eh? ¿Por qué?

Yo siempre hice cosas por ti, te arropaba por las noches cuando ya el alcohol te consumía. Y tú sólo me regalabas tu adiós por la mañana. Tengo que seguir con mi vida. Aquí. Tengo que continuar porque no me has dejado más remedio que abandonarte y empezar de nuevo.

Hoy, al ponerme la falda me di cuenta de que estaba manchada. No supe qué hacer, me vi desbordada sin ti. Las manchas antes estaban acompañadas de risas y solían terminar en abrazos. Pero ahora lo que las acompañan son los ruidos del atasco colándose por la ventana que mantengo abierta para que la esperanza de volver a verte no me abandone. Para que cada día al ver el azul del cielo recuerde el color de tus ojos. Los pájaros visitan mi amargura en el alféizar y se acercan a decirme que sí, que lo nuestro fue verdad. Que algún día, quizá por casualidad me quisiste. Y también me dicen que no mire nunca más atrás.

Ya llego tarde al trabajo, ya llego tarde a todo en mi vida.

Ray (Hoy II)

«Hoy te vi. Paseabas del brazo de ese chico que siempre mira mal a todo el mundo. Vestías de oscuro, como sabes que me gusta. Y tu cabello trenzado te asemejaba a la diosa Afrodita. Te aseguro que quise acercarme a ti, pero la muchedumbre me empujó calle abajo. Me pareció que estabas preciosa, iluminabas el callejón con tu presencia. Recuerdo haber suspirado de impotencia cuando el río de personas me alejaba de ti. Como siempre. Cada vez más lejos de ti. Cada vez más extraños».

Todo había sido muy rápido. Un grito que venía del salón. Ruido de cristales rotos. No lo dudó, se deslizó a la cocina pensando que alguien se había colado en la casa y estaba robando. Cogió un cuchillo y se sentó bajo la encimera aterrada, esperando a que el ladrón se fuera. Una sombra se coló en la cocina y no lo dudó, le hundió el cuchillo en el vientre.

—Señorita —iba diciendo el agente—, ¿está segura de que se encuentra bien?

—Su… supongo que sí. No me ha hecho nada. Tan sólo me he asustado, creí que era un ladrón. Escuché un grito. Lo siento mucho —la chica estaba temblando, empuñando aún el cuchillo con el que había apuñalado a Ray.

—¿Cómo está? ¿Se pondrá bien? —no paraba de llorar.

—Ya veremos. Ahora tranquilícese. Espere aquí y no haga nada raro, ¿de acuerdo?

—S…sí.

Unos minutos antes, Ray soñaba con el pasado. Como cada noche, volvía a aquella ciudad. Paseaba por las calles atestadas de gente, sin rumbo fijo, buscando, tal vez una sonrisa. Hacía dos años que no sabía nada de ella, pero el destino jugó con ellos aquella noche y los puso frente a frente en un callejón iluminado por las oscuras luces de la memoria.

—¿Ray, eres tú? —Una chica le hacía gestos desde la puerta de un bar.

—Layla… —Ray se quedó inmóvil. No esperaba verla allí. En realidad no esperaba volver a verla.

—Estás muy hermosa —dijo con la voz ronca.

—Gracias. ¿Cuándo has vuelto? Lo último que supe de ti fue por Jessie, me contó que te habían herido y que estabas en Hanói esperando para volver a casa.

—Llegué ayer y mañana vuelvo a Mournfulville —mintió—. ¿Y tú, sigues trabajando en la Universidad?

—Sí, este año termino el doctorado. Ray, me tengo que ir, llego tarde. ¿Nos veremos algún día? Llámame, ¿vale?

—Seguro —volvió a mentir Ray—, anda, vete.

—Hasta la vista, Ray —se despidió y se fue calle arriba, con la falda ondeando tras ella.

—Hasta la vista, mi amor —susurró Ray entre dientes mientras la veía marchar.

Al día siguiente, Ray volvió a la misma calle, a la puerta del mismo bar. Pero Layla no estaba. Ni el día siguiente. Ni el otro. Finalmente, decidió marcharse de aquella ciudad y volver a casa. Al banco del muelle. Al bourbon y al tabaco. A cambiar los rollos del cine y a discutir de pesca con Jessie. Ese día, camino de la estación de trenes, volvió a verla. Pero no le dijo nada, la dejó marchar como la brisa de abril en las alas de la primavera.

—Adiós, pequeña. Ya no sufres por mí. Es hora de que consiga olvidarte —susurró mientras doblaba la esquina.

El tren salía a las siete, aún faltaban unos minutos. Ray se acercó a una cabina de teléfono y la llamó. Sabía que no estaba, acababa de verla, pero tenía que llamarla. Alguien cogió el teléfono. Una mujer. Ray no dijo nada. El tiempo se detuvo. Gritos. Un autobús había arrollado a unos peatones.

Allí estaba él, sin poder apartar la vista de la trenza negra que se empapaba de sangre en medio de la calle, entre la multitud.

Layla (Hoy III)

«¿Qué hago? ¿Qué coño hago? Lo he visto, sí, y no pasa nada. Me largué de su lado. No debería sentir nada. Soy tonta o qué? Ahora está Dann en mi vida, no puedo retroceder. Él nunca vino a buscarme, nunca quiso recuperarme, ¿por qué ahora voy a tener que hacerlo yo? Porque le amo, amo cada centímetro de su cuerpo, cada respiración suya. Le amo, como una tonta, le amo. Cree que no lo acabo de ver pasar por mi lado, en dirección a la estación de tren. Aún sigue creyendo que no le quiero. No lo entiendo».

—Layla, ¿estás bien? —Dann parecía preocupado.

—Sí, Dann, no te preocupes supongo que será el calor —mintió Layla a la vez que se mordisqueaba el labio.

—Vamos a tomar café aquí, ¿quieres?

—Sí, me sentaré un rato.

—Bien, voy a pedir.

Dann, allí estaba él. Un profesor de Matemáticas que consolaba mi pena y acallaba mi conciencia…

—¿Le quiero? —Se preguntaba Layla con la vista perdida en el tráfico de la avenida fuera de la cafetería—. No, nunca he sentido por él más que amistad, pero no quiero alejarlo de mí. No quiero estar más tiempo sola —entonces lo volvió a ver, solo, con su mochila—. Espera… Esa mochila se la regalé yo. Fue un recuerdo de un viaje. ¡Aún la tiene! —Volvió a sentir aquel vértigo, ese vértigo que inunda el corazón cuando te das cuenta de las vueltas han dado las manecillas del reloj. Sus piernas reaccionaron antes de que pudiera mandarles un mensaje. Se levantó, quiso correr. Pero vio como entraba en una cabina, marcaba un número, ¿Llamaría a Jessie?, no obtuvo respuesta.

De repente, un gran alboroto vino de fuera. Un accidente, la sangre se deslizaba por la carretera y Layla ya no veía a Ray. Entonces sí corrió con todas sus fuerzas. Con la falda descontrolada, la camisa desabrochada y el corazón temblando. No quería ver el cuerpo de Ray en el suelo, no sería capaz de soportarlo. Y lo vio. Ayudando a una anciana a levantarse. Fue hacia él, la miró, le abrazó, se abrazaron.

—Creí que te había pasado algo —dije, con mi oído en su corazón.

—Creí que no me habías visto.

—Siempre supones mal.

—Te miran, desde dentro de aquella cafetería —Dann, desde la ventana de la cafetería miraba atónito la escena.

—No quiero soltarlo, no puedo —se decía Layla—. Ahora he encontrado de nuevo mi casa, él era mi hogar, él lo era todo, siempre lo ha sido y yo me empeñé en ignorarlo para vivir mejor, para poder vivir.

—¿Layla?, ¿me escuchas?

—Ray, quiero irme contigo, no puedo estar más en esta ciudad, me ahoga, el humo, el ruido del tráfico, no quiero vivir más entre el polvo y tu ausencia, no quiero más. Ya es suficiente, lo dejaré todo, otra vez. Dejaré la Universidad, a Dann, todo —susurró al pecho de Ray, mientras escuchaba el pausado latido de su corazón.

«Te vi desde lejos, con ella de tu brazo. Pensé en no decirte nada, la multitud nos escondería a los dos. Pero no pude evitarlo, eras tú, sin duda, y los nervios nacieron desde la boca de mi estómago formando una enorme bola que yo era incapaz de deshacer. Quise correr hacia ti, saludarte, pero tú prisa y mi timidez fueron más grandes que mis ganas de escucharte de nuevo. Una avalancha de recuerdos me sobrevino. Recuerdos que sólo compartimos por casualidad pero que forman parte de mí. Cuando sólo podía ver tu espalda y la de ella fui realmente consciente de que siempre seremos extraños. En realidad, nunca hemos dejado de serlo. Pero en aquel instante, por un momento, fui feliz».

Layla (Ayer III)

La falda seguía manchada y los pájaros en la ventana seguían recordándole a él. Era época de exámenes. Layla estudiaba por las mañanas y trabajaba en una pequeña librería por las tardes. Apenas tenía tiempo para nada más. Los viernes eran especialmente complicados, pero aquella mañana de febrero, el remite de una carta en su buzón hizo que el tiempo se parase a su alrededor. Era de Ray. Layla llevaba casi cinco meses sin saber de él.

Subió corriendo las escaleras, saltando los peldaños de dos en dos. Abrió la puerta del pequeño apartamento y, tras cerrar con un estrepitoso portazo, se sentó al lado de la ventana. No se atrevía a abrirla. Miró fuera. El viento arrastraba hojas y mecía las copas de los árboles. Abrió la ventana para que el ambiente opresivo de la habitación saliera, pero sólo entraron hojas y polvo, haciéndola estornudar. Finalmente se decidió. Con los dedos crispados por una emoción que no sabía interpretar y que nunca admitiría, rompió el sobre y sacó el papel verde en el que Ray siempre escribía. Olía a él. La tinta era azul oscuro, casi negra.

Layla leyó las palabras, sin entender lo que decían. No importaba. Sólo quería sentir la cadencia de la voz de Ray al pronunciarlas.

Al terminar, sólo una frase quedó en su memoria, le supo amarga en la boca sin haberla pronunciado. Las lágrimas se empezaron a formar en sus ojos y pronto se deslizaron por sus mejillas mientras una ráfaga de viento le arrancaba la carta de los dedos y desordenaba sus cabellos rizados.

«En realidad no hace tanto tiempo. Si echas la vista atrás recordarás mis ojos tristes suplicándote una palabra amable, picando a llanto y enrojecidos por tantas noches en vela y tantas lágrimas derramadas. Sólo un suspiro nos separa de aquellas tardes de incertidumbre en las que volvías a casa descubriendo humedades y yo sólo encontraba preguntas para mi fiel estilográfica. Apenas un parpadeo desde que nosotros, tú y yo, inventábamos el significado de palabras como amor, pasión, deseo… Escribiéndolas con sudor y saliva cada uno en la piel del otro.

Y ahora, ahora ya no tratamos de descubrir nada nuevo, parece que todo ha sido desvelado. Piel, sudores, humedades, anhelos… Ahora el mundo nos parece gris y cotidiano. ¿Dónde está tu espíritu aventurero? Quiero ser pirata y surcar la vida en tu vientre. Navegar por los mares de la incertidumbre guiado por tus ojos. Quiero echar el ancla en cada curva de tu cuerpo, descubrir tesoros en lugares donde nadie ha llegado jamás. Quiero rescatar doncellas, sentirme libre como el aire que se escapa de tus labios en cada jadeo. Quiero que ese sea el viento que llene mis velas. Quiero… Quiero que me quieras. Quiero que me ames.»

Layla (Fin)

He esperado hasta hoy para escribir el último capitulo de mi vida junto a ti Ray, me enteré por Bill que Sammy, la vecina que vivía en el quinto y siempre estuvo enamorada de ti ha terminado por conquistarte. Me alegro, y me enfado. Porque yo no te abandoné, fue tu indiferencia la que nos alejó, quizás pensaste que no quería volver a saber nada de ti porque no respondí tu carta, pero, ¿de verdad pensabas que correría de nuevo a tus brazos? Ray los dos sabíamos que no sería así. He hablado mucho con Bill, él me contaba como estabas, si seguías bebiendo, si seguías viviendo.

Ray, ya no puedo recordar por qué nos alejamos, por qué hemos dejado que nos ganaran las diferencias, los dos sabíamos que no era fácil. Pero Ray, jóder, yo aposté por ti, yo quise creer que me querías aunque sólo fuera la mitad de lo que yo te quería, de lo que yo te quiero a ti. Quería creer tantas cosas en tan poco tiempo que todas estallaron en mi cara. Te deseo que seas feliz, yo no pensaba que esto terminaría así pero tú has decidido ponerle punto y final a esta historia y yo ya no voy a luchar más. No preguntes en qué fallamos, porque fallamos y punto.

Ray, te amé, te cuidé, te odié, te soporté en tus noches de alcohol, te preparé el café por las mañanas cuando aún me dejabas quererte. Pero dejaste de mirarme, nuestra pasión se apagó, así sin más y no se ha vuelto a encender. Si algún día Sammy y tú queréis venir a visitarme, ya sabes donde vivo, en la misma cuidad acongojada por el tráfico, con la ventana aún abierta y tu última carta encima de la mesa.

Ray (Fin)

«No he aprendido a dejar de quererte aún, tampoco creo que lo haya intentado con muchas ganas, la verdad. Pero es que realmente no quiero olvidarte. Recuerdo cuando esperabas esa canoa, cómo te veía temblar de frío y cómo me enamoré de ti aquella madrugada de aquel jueves. Después todo se volvió confuso, sólo había gritos, labios rotos llenos de palabras que nos hacían daño. No supe, no supimos encontrar la solución porque yo siempre creí que la tenía. Sigo siendo el mismo viejo consumido por el tabaco, por el alcohol y por el mar. Sammy también me abandonó, pero no lloré por ella, no preparaba un buen café. Creo que ahora está con Bill. Que se vayan al carajo. Cómo me gustaría que algún día leyeras esto, porque, preciosa, yo también me voy. Ya no me quedan cigarros para fumar, ni botellas para beber, ni nadie a quien poder amar. Si vuelves por aquí, lee esto, recuerda a este viejo loco, recuerda cómo te amé, recuerda mis besos. Recuérdame sin esfuerzo. Ya es la hora de irme, mi pequeña Layla, ahora que ya no sufres por mí. No quiero vivir más jueves sin ti, por eso, hoy jueves a las tres de la mañana la marea está perfecta para coger el ferry y sacar sólo un billete de ida… Adiós mi amor, mi niña, mi corazón viejo sólo latía por ti, mi pequeña, pero creo que nunca te lo dije…

—Ray.»

 

Layla no conseguía ver con las lágrimas que de sus ojos salían descontroladas, dejó la carta encima de la mesa y, con la calma de alguien que siente la muerte, se dirigió al balcón, allí le susurró al viento:

—Adiós mi vida, ya nunca más me iré de aquí, espérame allí donde estés.

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