Una huida

Sentado

—Ya hemos llegado.
—Sí. Parece que hace una eternidad que salimos.
—Por supuesto, el tiempo se detuvo. Hemos estado fuera vidas enteras.
—Quizá… Tal vez demasiado tiempo.
—No creo. Anda, sube que se hace tarde y vas a despertar a todo el mundo.
—Sí. Adiós.

Sally se bajó del coche y entró en el portal. Cuando la puerta se cerró detrás de ella, se volvió y, conteniendo la respiración como aquella primera vez que se vieron, cruzó una fugaz mirada con él. Jack pudo ver esa sonrisa, ese instante en el que ella contenía el aliento y supo, de alguna manera, que nunca volverían a encontrarse.


 

Huida

La huida

Tal vez fuera el mes de julio más frío de los últimos años, pero aquello no tenía importancia. La noche era joven aún y Jack sabía que ese sería el día. Tiempo atrás había hecho una promesa y la iba a cumplir. Sólo cogió una manta del altillo y una linterna, bajó al coche y, antes de arrancar escribió en un trozo de papel: “Te espero en el callejón de atrás. ¿Capaz o incapaz?”. Arrancó y se fue al centro escuchando la suave voz de Chet con la respiración ace-lerada y el corazón lleno de incertidumbre. No sabía si ella se atrevería, si cumpliría su promesa… Tal vez ni siquiera estaba en la ciudad, no podía saberlo. Pero esperaría todo lo que tuviera que esperar, con el motor encendido y lleno de esperanza y de ilusión.
La ciudad estaba despierta, los bares llenos y nadie parecía recordar los pesares que, por la mañana, volverían a acechar. Las luces amarillas de las farolas teñían el callejón con un tono mortecino. Después de aparcar, Jack fue al portal y dejó la nota pegada a la columna que había dentro junto con un pequeño avioncito de papel. Ella lo sabría si pasaba por allí, sabría que él había estado allí y que la esperaba. Volvió al coche y, tras encender un cigarrillo, se apoyó en la puerta mientras la radio le regalaba un nocturno de Chopin. Así, la espera sería más reconfortante.
Pasaron minutos, tal vez horas… y nada sucedió. El silencio de la madrugada empezaba a envolverlo todo y, ni siquiera el sonido del piano se atrevía a salir de los altavoces del coche.
—Tal vez no era hoy el día, otra decepción, otro sueño desgarrado… No importa, ya estoy acostumbrado—. Jack apagó el último cigarrillo en el suelo y entró en el coche para irse.
—Ella no vendría, nunca fue real, sólo un juego que, tontamente, confundí con la realidad— pensaba.
Arrancó el coche y avanzó unos metros. Después de un instante de duda, siguió adelante mientras dirigía una última mirada al portal. Nadie. Avanzó por el callejón y, cuando iba a girar para volver a casa, abatido por la desilusión, se abrió la puerta y una figura entró, se sentó y dijo:
—¡Capaz! Llévame a ver el mar.

Viaje

El viaje

La carretera estaba muy oscura y casi no había tráfico. La luna no saldría esa noche, pero no importaba, nada importaba. El viento se colaba por las ventanillas abiertas mientras la voz de Billie Joe se mezclaba con las suyas. Risas, gritos… carcajadas llenas de júbilo y de ilusión. Por delante, la oscuridad ahuyentada por los faros del coche se abría para dejar pasar dos almas que se habían entregado al hoy, al presente. Por detrás, la oscuridad volvía a cerrarse, llevándose la incertidumbre, la angustia del desconsuelo, el miedo de la soledad.
Cuando la carretera de la costa llegaba a su fin, el faro parpadeaba a lo lejos, encaramado en el acantilado, desafiando al mar y al cielo oscuro de aquella noche. Sólo el ruido del motor se mezclaba con el de las olas al romper. Luego… el silencio y el mar.
—Ven, es por aquí.
—Está muy oscuro, no puedo ver nada.
—No te preocupes, agárrate a mí—. Y se estremecieron cuando sus cuerpos se rozaron en el borde del acantilado, desde donde se podía ver, cuando la luz del faro pasaba, la playa bajo sus pies, el mar y la espuma que se formaba en la orilla.
Bajaron muy despacio, alumbrados por la luz de una linterna vieja que les envolvía en una suave y amarillenta luz. Saboreando cada paso que les acercaba más al mar. La arena estaba fría y Sally dejó que ese frío, tan distinto al que siempre sentía en su corazón, subiera por sus piernas y la acunase.
—Jack, abrázame, que tengo frío—. Susurró como si tuviera miedo de que él pudiera escucharla. Pero él no podía oírla, porque estaba extendiendo la manta en la arena, con una sonrisa que iluminaba el mundo.

Playa

La playa

Apenas se veía nada sin la luz de la linterna; algunas nubes se deshacían en el cielo tapando las estrellas. Sentados en la manta, esperaron en silencio, contemplando el mar oscuro, escuchando el sonido que les traía y respirando ese aire con un intenso olor a sal. Pasó mucho tiempo y ellos sólo sintieron la presencia del otro, sabiendo que estaban allí, saboreando cada instante. El tiempo pareció detenerse y sólo ellos existían en aquella playa.
—Báñate conmigo, ¿capaz o incapaz?— Sally dijo aquellas palabras al mismo tiempo que se levantaba y corría hacia la orilla quitándose la ropa. Jack se quedó perplejo, nunca hubiera imaginado que Sally hiciera algo así. Se puso en pie y se desnudó intentando averiguar dónde estaba Sally. Corrió él también a la orilla pero no pudo verla, así que se metió en el agua y nadó unos metros, alejándose del ruido del rompeolas. El agua estaba oscura y fría, pero tenía la sensación de que se llevaba todo el dolor y la amargura que había en él. Como si fuera una pluma bajo el grifo, diluyéndose en el mar. No veía a Sally por ninguna parte, pero sabía que estaba allí, la sentía cerca y era feliz. Cuando apareció, Jack empezaba a estar entumecido. Sally surgió de la oscuridad frente a él, lo abrazó con ternura y le dijo:
—Este es nuestro instante infinito—. Y lo besó como nunca antes lo habían besado. Él no tuvo tiempo de reaccionar y se entregó gustoso a la paz y al amor que, en ese momento, eran lo único que los rodeaba.
—Sabes, nunca te he visto desnuda—. Murmuró Jack rompiendo el silencio que, de nuevo les envolvía. Tumbados uno junto al otro.
—Sí, ni me verás nunca. Pero no importa, abrázame y deja que sea tu corazón quien me vea; ahora que estoy desnuda y nada puede confundirlo.
Y se abrazaron en aquella playa, lejos de todo y en silencio. Sintiéndose el uno al otro mientras el tiempo seguía detenido. La oscuridad empezaba a romperse en el cielo cuando empezaron a vestirse. Estaban empapados, exhaustos y con un brillo en los ojos que sólo les dejaba sonreír. Recogieron y volvieron al coche, donde se secaron un poco y, al abrigo de la voz de Chet, emprendieron el regreso mientras el sol, vergonzoso, no se atrevía a asomar.

¿Continuara? Tal vez…

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